Meditación, neurociencia y calidad de vida: el comienzo de una relación

Con la globalización y el complejo crecimiento que ha experimentado la sociedad en los últimos años, el desarrollo de las llamadas “habilidades blandas”, como la compasión, la empatía, la autorregulación de las emociones y la atención, se ha trasformado en una necesidad creciente e importante. Una de las herramientas más utilizadas para el desarrollo y la observación de los aspectos sutiles de la mente ha sido por cientos de años la meditación. Esta puede ser definida como una forma de entrenamiento mental que se enfoca en reconocer y mejorar las capacidades psicológicas de las personas antes mencionadas, siendo la práctica de la calma mental o “mindfulness” una de las más difundidas. Definida también como la contemplación y atención del momento presente, ha sido adoptada por la neurociencia como objeto de estudio debido, primero a la experiencia personal de investigadores como Francisco Varela (1946-2001), que en conjunto con Tenzin Gyatso, el 14º Dalai Lama y el empresario y abogado norteamericano Adam Engle, en los años 80 comienzan a explorar la relación entre la ciencia y el budismo como metodologías hacia el entendimiento de la naturaleza de la realidad, a través de la creación del “Instituto Mente y Vida”. Desde ese primer intento, una serie de investigadores se han involucrado en el estudio de los efectos de la meditación sobre la salud del cuerpo y han asumido la responsabilidad de ayudar a entender como la meditación puede mejorar la calidad de vida del ser humano, a través de los cambios estructurales y funcionales que puede provocar en el cerebro a corto y a largo plazo. Al respecto, estudios realizados en meditadores neófitos y expertos, han mostrado que esta meditación produce modificaciones en aproximadamente 8 regiones cerebrales, todas relacionadas con aspectos como la conciencia corporal, manejo de las emociones, memoria, aprendizaje y conexión cerebral. Otros efectos han sido relacionados con el mejoramiento en los niveles de presión arterial, una disminución en el riesgo de desarrollo de enfermedades cardiovasculares, la disminución de los niveles de estrés y ansiedad, lo que conduce una mejora en la salud mental y física de los individuos.
En este contexto, un estudio realizado en humanos por investigadores de la Universidad de Utah, analiza el efecto de la meditación sobre el parpadeo condicionado, en una muestra de adultos jóvenes, utilizando un modelo de aprendizaje condicionado. El objetivo, era determinar si es posible alterar el condicionamiento a través de un proceso de des-automatización de los participantes. Los resultados muestran que la meditación periódica por seis sesiones durante tres semanas, retrasó el inicio de la primera respuesta condicionada (es decir, el primer parpadeo) y disminuyó la frecuencia de este en el tiempo.
Las conductas condicionadas son la base de algunos de los desafíos a los que se enfrenta la salud pública actual. Por ejemplo, se cree que la adicción surge en parte a través de un proceso de condicionamiento clásico, en el que las señales externas se relacionan con el consumo de drogas y provocan de manera refleja el uso de estas, una respuesta condicionada que puede operar por costumbre y en contra de la voluntad, en los casos más graves de adicción. Estos resultados, junto con otros estudios sugieren que el entrenamiento de meditación consciente interrumpe el comportamiento automatizado, justificando su uso como una intervención clínica complementaria al tratamiento farmacológico, no solo en adicción, sino que también en otras afecciones como trastorno de estrés postraumático, depresión y en enfermedades asociadas con comportamientos cerebralmente poco sanos.
Bibliografía:
Tang YY, Hölzel BK, Posner MI. The neuroscience of mindfulness meditation. Nat Rev Neurosci. 2015 Apr;16 (4):213-25. doi: 10.1038/nrn3916.
Hanley AW1, Garland EL2. Mindfulness training disrupts Pavlovian conditioning. Physiol Behav. 2019 May 15;204:151-154
Dra. Magdalena Cuevas T.
Asesora Científica FEN